La Casa Embrujada
Cierto día Don Agapito es sorprendido por estridencias extrañas en el corredor de su casa, acciones con ruidos que asustan a chicos y grandes. Una tarde, cuando el sol pinta de naranja el horizonte y esconde los rayos luminosos detrás de la montaña, dando paso a la noche que llega como una sombra. Acompañada de una luz tenue, de la luna fría.
Quizá algo como muy normal en el día a día; en la vereda El Boquerón, municipio de Jordán Sube, Santander, Colombia. Sentado en un taburete, recostado en la pared de tierra pisada, techo en madera, caña brava y teja de barro. Al lado derecho, un caney donde cuelga las sartas de tabaco negro para secarlo a la sombra. Se quita el chicote de la boca, escupe mientras deja salir humo por boca y nariz, mira al caney como por rutina.
Ve rodar una piedra por la paja del techo del caney, la sigue con la mirada, hasta que se detiene en el corredor, cerca del taburete, convertida en tres partes. ----¿Quién hijueputa está tirando piedra? Se pregunta don Agapito en voz baja. Se levanta, camina al caney, da la vuelta como inspeccionando sus alrededores. Sorprendido, regresa a casa al no ver nada extraño. -----Carajo, ¿Qué diablos pasa? ¡Estaré soñando despierto! Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y aún no había salido de sus cavilaciones. Solo unos minutos después, quizá. Escucho bramar la pirinola, la mica; volvió la mirada y ve correr las vacas en el encerrado. Al tiempo que capitán y mariposa, los perros corren tras ellas ladrando en múltiples ráfagas repetidas.
Don Agapito, sorprendido con el imprevisto y sacando valor como buen santandereano, camina despacio, siguiendo con la mirada a los animales en tropel. Como algo raro, las vacas se detuvieron y los perros siguieron corriendo y ladrando, como siguiendo otro animal, que no pueden ver. En la talanquera, entrada a la parcela, ve saltar un “rebaño” de luz por encima. Y los perros se detienen como con freno de mano. Dejan de ladrar y comienzan a aullar como lobos salvajes. Don Agapito sintió que su pelo se le erizaba, se acomodó el sombrero con la mano izquierda y con la derecha se hizo la señal de la cruz.
La visión desapareció como la luz del relámpago después del trueno. Dejando en el ambiente el olor a azufre y mil dudas dando vueltas en la cabeza de aquel hombre. ---¿Será que el diablo se escapó de los infiernos? ¡Carajo! Pensó don Agapito en silencio, como mudo de nacimiento. Sacudió la cabeza como queriendo liberarse del espanto. Llamo a los perros. -----Capitán y mariposa, vengan ya, tranquilos. —¡Dejen de aullar! —dijo don Agapito y los animales acudieron prestos con el rabo entre las patas, olfatearon al hombre. Quien les acarició la cabeza mientras regresaban a casa.
Tal vez un año después del tropel de los animales. Una tarde cuando el ocaso del sol atraviesa el plano del horizonte. Ya la familia encerrada. Doña Olinda, con la camándula en la mano, ofreció el Santo Rosario por las santísimas ánimas del purgatorio. Don Agapito cerró la puerta y se sentó en un taburete y los seis hijos se acomodaron en el suelo.
Responde don Agapito con el sombrero en la mano, en compañía de sus hijos, como en coro sonoro y cantadito, como lavando el alma con numerosas avemarías. El hijo mayor con el periódico, semanario El Campesino en las manos, ojeando, fingía acompañar el rezo. “De buenas a primeras”, una piedra como caída del mismo cielo, y le arranca el periódico de las manos al muchacho y pasa de largo, estrellándose en mil pedazos contra el piso. El muchacho mira al techo, sobresaltado, y justo al instante se abre la puerta de par en par, como empujada de sopetón. Doña Olinda gritó y entró en trance; cayó al piso perdiendo el conocimiento. Como embrujada la casa y se interrumpió el rosario.
Perplejo quedó don Agapito; se levantó lentamente y salió al corredor, mientras los perros ladraban en múltiples ráfagas. Con una furia que parece que ya van a morder la presa. Escucha un silbido, que le eriza los cabellos. Mientras el viento sopla convertido en huracán. Y ve el cielo blanco pintado de negro como arropando su casa. Regresa a la sala, cierra de nuevo la puerta y la asegura con un palo que utilizó de tranca y echó seguro con las dos armellas a la puerta. Se acercó a doña Olinda, la alzó con sus brazos y la llevó a la cama, le tomó el pulso, se aseguró de que respiraba normal. Mientras los hijos gritaban del susto y preocupados por la vida de su mamá.
----Serenidad y paciencia. Su mamá está bien, bien dormida… Le dijo don Agapito a sus hijos, mientras le acaricia la cabeza a la niña más pequeña y la acuesta al lado de doña Olinda. Y ordena a los otros hijos buscar la cama y tratar de dormir.
Pensó don Agapito en silencio mientras mira con atención a doña Olinda; la siente respirar como si estuviera profundamente dormida.
Al otro día se levantó más temprano que de costumbre, cuando los hijos aún no habían despertado. Se fue al pueblo, se pasó por la casa cural y le contó todo lo sucedido al cura. ----- Don Agapito, lo primero que debe hacer es traerla al médico. Por la tarde voy y le hago un exorcismo. Todo va a estar bien. Le dijo el padrecito, palmoteándole el hombro. -----¿dónde diablos hay un médico por aquí? ¡Será llevar a la vecina Alicia! Pensó don Agapito mientras abandona la casa cural.
Como a las ocho de la mañana, la vecina Alicia, que con frecuencia los visitaba casi todos los días a la misma hora. Se le hizo raro no ver salir el humo de la cocina, blanco como en el cónclave. La soledad de la casa la puso nerviosa, se echó la señal de la cruz y se acercó con cautela. Ve la puerta cerrada, las gallinas cacarean en el corredor y corren ante la presencia de la abuela Alicia. Tocó la puerta dos veces con lo que despertó a los niños. Estos a prima noche no habían podido dormir, preocupados por lo sucedido. Pero en la madrugada se quedaron profundos, dormidos como piedras. El muchacho mayor se levantó y abrió la puerta.
Entonces la señora Alicia se sienta en el borde de la cama, le toma la mano derecha al verla con los ojos cerrados. Pesó en silencio que ya estaba muerta. Pero le sacudió el brazo con las dos manos al sentir que no está fría. Y le hablo. ----- Olinda, Olinda, despierte, que los niños tienen hambre y a las brujas las queman vivas. Bueno, al menos eso cuentan las leyendas del siglo pasado.
Dijo la abuela, Alicia, con voz temblorosa, pero con la seguridad de un sabio. Y entonces, como si hubiera pronunciado las palabras mágicas. Aquellas que utiliza la mejor comadrona de la zona, atendiendo un parto: “Por los pelos de Misia Celestina, unos por debajo y otros por encima. Aunque malo es esperar salud en muerte ajena”. La señora Olinda abrió los ojos y habló.
Manuel Antonio Lizarazo Rodríguez
Agrónomo de la UNAD.
La factura pinta para la antología
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