Aquel Hombre

 


Desbocado en su yo, / el amansador el revólver tomó / con su zurda mano / y en la sien se ametralló: desgonzado el yo / del rocín se cayó. Nauro W. Torres Quintero.

Por alguna razón que desconozco, de la razón de la sinrazón, expresión atribuida al caballero hidalgo. Y palabreando a tan ilustre personaje, con razón aquel hombre pone cara de dolor, solo por amar a su prima con la que contrajo matrimonio y se convirtió en madre de sus hijos. Sin embargo, varios años más tarde, se enamoró de Vitelbina, bajo sombras del espino. El viento, como testigo, corre haciéndose sentir. Las llamas en movimiento acarician sus cuerpos; derritiendo el tejido externo allí, en el hotel rosa; a dos amantes escondidos.

El incidente que aquí se narra sucedió en Hato Viejo, municipio Jordán Sube, quizá en el año 2013: un hombre adulto, bendecido en abundancia, agricultor y ganadero. Un domingo muy temprano, ensilló su caballo y lo amarró en el botalón. Se entró a la casa y se puso su mejor pinta. Pantalón de paño gris, camisa de manga larga celeste, correa de cuero al natural, se calza las botas Brahma, se cubre la cabeza con el sombrero de vaquero negro y toma la mochila de fique. Verifica que su revólver 38 largo esté dentro. Echa al hombro esa mochila, se calza los zamarros y desata su caballo; le acaricia la nuca al brioso animal, como hablándole en silencio, con la rienda en la mano izquierda, la derecha en el cacho de la montura, el pie izquierdo en el estribo y, de un salto, monta. Gira la rienda y el brioso animal resolló al salir trotando como al mejor estilo de paso fino colombiano. Rumbo al caserío.

En las horas de la tarde, de regreso a la finca, entra a la cantina de la vereda y se encuentra allí un par de vecinos departiendo una cerveza. ---- Tres águilas negritas como mi suerte, dos para mis amigos y una pa mí.  Dijo Juan Diego. Pronto el “cantinero que todo lo puede” entrega el pedido. Departieron allí un par de horas una docena de cervezas. Justo al ocultarse el sol, llega la noche como una sombra que arropa los arbustos, que se confunden con él, patas (virtud, grandeza, miseria) o la suerte puta que el man despierte. Mientras recorre el camino que lo devuelve a casa y allí detiene su caballo frente al establo, en vez de bajarse. Mete su mano izquierda en la mochila y acaricia con sus dedos temblorosos las cachas de su revólver 38. Quizá sin pensar en el destino y recordando a Vitelbina como una espina clavada en su pie izquierdo. Sacó el arma y colocó el cañón en la sien derecha. 

 ----Hasta aquí llegaste, Juan Diego; sí, me quito el sombrero, quizá se cae mi mascara. ¿Qué pena tan hijueputa?

Pensó en silencio aquel hombre suicida, segundos antes de apretar el gatillo y volar sus sesos con un balazo en la cabeza. Desgonzado Juan Diego del caballo, besó la tierra, que le dio de comer a él y a su familia.

Pablito, hijo de Juan Diego y nieto de don Luis, y don Luis, hijo de Diego. Recogió a su padre con la ayuda de su madre. El joven, fruto del amor de Juan Diego con su prima, apenas salía de la adolescencia. Le dio cristiana sepultura a su progenitor, tal como Dios manda. Pasadas las nueve noches, quiso saber su descendencia. Inquieto y dolido, empezó a averiguar como terapia para aliviar el dolor que le causó la muerte de su padre.

----Que ocurrencia tan expedida. Tan admirable ¡Ay, guenesitico!

Dijo uno de sus tíos, sacudiendo la mano derecha. ----Juan Diego era mi hermano mayor, de mi familia numerosa, en su gran mayoría hombres, y el primero en perder la vida de forma violenta y repentina. Pero la vida sigue, Pablito. Así empezó a soltar la lengua como en forma de chisme. Quizá un secreto que a última hora le había contado el abuelo.

----Pues mira, Pablito, mi abuelito me contó un día, así como  algo secreto, quizá como una leyenda de finales del siglo XIX. Dice que los arrieros de “puaqui” de Santander iban hasta por allá a Boyacá y un chinito de unos cinco años. Se le pega al corte, a pata pelá y sin camisa. Los arrieros, los primeros días, lo volvían a punto de chamizo por el sieso y otros le tiraban piedra. Preocupados por el pequeño niño. Pero el chueco, más necio que una cabra, que siempre tira pa'l monte. Al otro viaje también se le ponía al camino, tras ellos. Hasta que un buen día cambiaron de actitud. De eso hace “muchísisimos” años. Y entonces se trajeron al mocoso. Dándole solo pan y agua en el camino.  La provisión quizá era poca y lo dejaron abandonado por allí, en la vereda de la pomarrosa. Disque dormía por ahí en un caney de noche y en el día se escondía en el rastrojo. Tal vez comía por ahí pomarrosas y arrayanas, únicas frutas en esta zona. Dice la leyenda que una tal Ana Belén lo descubrió y empezó a dejar en el caney un pedazo de arepa con panela. Y disque así se fueron encariñando. Y terminó protegido por Ana Belén. Así es como a los bobos se les aparece la Virgen. ¿Entendió Pablito?

La tal Ana Belén le contó al cura. Y este le ordenó que lo llevara a la iglesia. Para averiguarle la vida al chinito. Pero nada, ese culicagado, no sabía cómo se llamaba ni de quién era hijo. Así que ese domingo en la misa de diez de la mañana. El padrecito y Ana Belén le buscaron unos padrinos. Y el cura, ni corto ni perezoso, lo bautizó con el nombre del santo del día.  ---¿Y apellido cuál? Preguntaron los padrinos. El Padrecito se acordó de uno de los héroes de la batalla de Boyacá. Un tal Pedro Pascasio Martínez. Entonces, como el santo del día era San Diego y el héroe Martínez. Así quedó bautizado el mugriento chinito. Como don Diego Martínez, sin más apellidos que uno, como a hijos naturales, de mujeres engañadas por hombres casados. Solo con el apellido de la madre.

Quizá, para no alargar más este cuento. Resulta que así llego a estas tierras mi abuelo, el papá de mi papá, quien también es su abuelito. Como el primer árbol que echó semillas en estas peñas, algunas nacieron y se siguen multiplicando. Ya van cuatro generaciones, con vos.

Así le narró el tío a su sobrino Pablito la leyenda del abuelo. Un ejemplo de vida dura; entre arrieros de sombrero y alpargata, por caminos de herradura, detrás de mulas de carga. De la que aprendió más bien poco su nieto Juan Diego, y terminó como dicen: “Unos dijeron que fue su sangre/ otros que fue el entorno/ algunos que fue insania/ lo cierto es que se suicidó” //

 

Manuel Antonio Lizarazo Rodríguez

Agrónomo de la UNAD.

 

 


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