¡Cuando llueve y hace sol, hablan las hojas con la hierba!
El sol nos abriga con sus rayos
Alumbrando
la vega con su luz.
Aquella
tarde de febrero dos. Tres, niños juegan.
Desnudos
bajo el aguacero, sorpresa camisa en mano
como
un sueño hecho realidad
-
verano azul con cielo sereno.
Sin embargo, una nube traviesa/ sin truenos, ni relámpagos / como dos niñas.
Hizo
lo que le gusta / se puso buena la rosa.
Pasea
por el hemisferio occidental/ abre una ventana, ve que no, encubre sol.
El
agua se precipita, cae lluvia/ riega la superficie, tierra.
Cubierta
por escasas hierbas secas.
En
las vegas del río Magdalena.
Vereda Juan,
parcela Pajaral, municipio, Puerto Wilches.
acariciadas por
la brisa, caen despeinadas.
Sobre las
hierbas deshidratadas del calor
formando un
conjunto casi muerto.
¿Qué hacemos ahora como una hoja seca?
---Esperar que un torbellino, nos
eleve con sus alas.
Volaremos como pasajeras con el agua,
lluvia
quizá aterrice en el río si es
preciso.
Y navegar como el amor en canoa/ río
Magdalena.
De rápido en rápidos como maqroll el
gaviero,
el Atlántico nos espera, mar de la alegría,
con su inmensa belleza suspendida…
Entonces la hierba que escucha, casi
muerta.
Sonríe y aplaude emocionada. ---
¡Hola hojas!
Y hablando pausada va diciendo.
---Yo me quedo pegada aquí en la
tierra,
Cubriendo mis semillas con la sombra.
Con el calor, el aire, el agua y en
las tinieblas.
Germinará pronto, nueva pradera.
Tiernos cogollos, cubren tierra
Y pronto adornada de capullos en
flor.
Continúa vigente el ciclo de la vida
Campo matizado, eterna primavera…
Volverán a cantar grillos en coro
como la mirla blanca.
Al ver la vida, florecer de nuevo.
Sopla la brisa, baja la temperatura
las ramas se mecen como hamacas
dejando libres algunas hojas.
Estas descienden en locos, remolinos.
Recordando aquellos tiempos.
En las sombras de la noche
bajo la luz tenue de la luna
Contar las menudas gotas, en la nariz,
que al despertar del alba brillan
como rocío.
Húmeda caricia mañanera que inunda la
frente…
---Hiedra salvaje como demonio de
Tasmania.
¿Quién preguntará por el dios de
aquel árbol si, en verano, desprende por instinto su follaje?
Manuel Antonio Lizarazo Rodríguez
Agrónomo de la UNAD.

No preguntaré por Dios, tampoco por el árbol; pero si, por las hojas. Y la razón? ¡somos hojarasca¡
ResponderBorrar