El Rancho
“Si se derrumba un barranco/no llores el Siloé/Junto a los ranchos caídos/quedan los hombres de pie”. Atahalpa Yudanqui
Tras vivir durante más de diez años, de vereda
en vereda como bola de ping pong en juego. Al fin encontró paradero en el alto de
Marta, Municipio de Villanueva. En tierras de propiedad de don José del Carmen
Rueda. Una parcela con su rancho. Después de varios años de trabajar la tierra.
Sembró tabaco negro, maíz y yuca. Paga religiosamente el arriendo a la cuarta
parte. En sarta, la hoja y colgada en el caney de paja de loma. Cosecha tras
cosecha y años tras año.
¿Y el rancho?
De la etnia guane, heredaron su diseño/ redondo como un bohío/ Tan solo
con una puerta/Sala y el aposento/Ahí, un zarzo de guadua usado como lecho
matrimonial/Un alero de dos metros sobresale por el sur/ Sostenido en bases de
piedra cuadrada, a punta de cincel y porra/ Sobre la piedra estantillos de
madera, largos como zancadas de avestruz/
En un extremo la cocina y en el otro el comedor/ Al frente patio en
tierra; invadido de maleza como prado/ Un arbusto trinitario, flores rojas,
amarillas !que jardín¡// En este rancho me criaron/tomando changua con arepa de
maíz pelado/almuerzo sopa de ruyas/ recuerdo feliz/ comiendo maíz//
Un día del año 1967, luego de recibir el arriendo. Hoja de tabaco negro
seca y lista para comercializar. Dijo don José.
--Don Luis, le voy a vender esa parcela; cómpremela. Hoy es su día de buena suerte.
Recuerdo que, yo él niño Francisco. Un “culicagado.” Aún en edad escolar
sin pisar salón de clase. “Primero hay que aprender a tirar el azadón”. Decía
mi taita. Escucho con atención y en silencio. papá respondió.
--De dónde claveles si no hay rosas, don José.
El patrón le puso la mano derecha en el hombro. Lo miró directo a los
ojos y le dijo.
--Claro que no hay rosas, pero he visto dalias amarillas en su jardín.
Plantas de novios rojos y un arbusto trinitario. Que al final del invierno
permanece florido como un adorno en el púlpito. Y de todo se hace platica don
Luis. Del chirimoyo junto al rancho. Sobre todo, del tabaco negro que pega
bueno, en esa vega del zanjón. Como para la muestra un botón.
Papá soltó una carcajada que resonó en el recinto como trueno en
primavera. Tomó un cigarro puyana, que llevaba encima de la oreja izquierda. Lo
llevó a la boca. Encendió un fósforo y le prendió fuego. Inhaló varias veces,
dejando escapar el humo por boca y nariz. Se quitó el tabaco de la boca con la
mano y dijo.
--¿Cómo sería él negocio, don José?
-- Sencillo. Cincuenta pesos por la parcela. Con el rancho de paja.
Construido en bahareque, barro y piedras pequeñas. En cuatro aguas redondo como
un kiosco de circo callejero. De la venta de esta hoja de tabaco. le recibo
veinte pesos, al próximo año otros veinte pesos. Los diez pesos restantes al
siguiente año. Y sin interés, don Luis, buen negocio. Con facilidades de pago.
Uno mejor, no se encuentra en ningún otro, lugar del mundo.
Papá volvió a llevar el tabaco a la boca. Fuma y deja escapar humo como
un mofle de carro viejo quemando aceite. y sin saber, contamina el aire que
respiramos. Le extendió la mano derecha a don José. Dijo con una sonrisa a flor
de labios. Entre nervioso y alegre, pero con firmeza.
--Trato hecho. Negocio es negocio. Palas que sea don José.
--Es suya la parcela, don Luis. Felicitaciones. Así comienza el progreso
de un hombre honrado y trabajador.
Negocio hecho y sellado con un apretón de manos. Sin testigos, confían
en su palabra empeñada, como prenda de garantía.
Padre e hijo, salimos del recinto. Partimos de regreso al rancho. De la
noche a la mañana. Don Luis dejó de ser arrendatario, un pobre hombre. Después
de vivir más de treinta años a dos velas. En el camino se quitó el sombrero y
se rascó la cabeza. Me parece que piensa, que sueña despierto. Quizá no logra
diferenciar lo sucedido.
¿Una virtud o un derecho?:
Miércoles santo, año 1968. Llegó papá del trabajo, al rancho. Cuando los
últimos rayos del sol se ocultan tras la montaña.
Mamá le sirve la comida en la mesa de madera móvil. Generalmente está en
la cocina y en ocasiones la saca al corredor del rancho de paja de loma. Porque
la cocina está oscura, a la hora de la cena. Y el mechón con cierta frecuencia,
no tiene petróleo.
Papá colocó el pico con él, cavaba la tierra para sembrar palo de yuca;
al lado de la puerta de madera. Se sentó en un taburete a comer en silencio. Y
mamá le dijo.
--Yo sé que llegaste más cansado que de costumbre. Pero estamos en la
semana mayor. Mañana es jueves santo. No se puede ni mover un dedo. Todo es
pecado venial, para la Iglesia Católica. Entonces se os alarga la estadía en el
purgatorio. Sin embargo, tenemos que terminar de hilar el fique. Para tejer los
sacos el sábado. Sin sacar la tarea no se puede ir a la plaza de mercado. ¡” A
la”, prende la lampara un rato, tan pronto termine de cenar ¡
Vale. Dijo papá. Terminó de comer y se levantó. Bajó la lámpara a
gasolina Coleman, que permanece colgada de un garabato, amarrada con un lazo a
una viga del rancho. Como un farolito de navidad. Echo una botella con gasolina
al tanque. Tomó el émbolo de la bomba de aire de la Coleman; colocó presión y
encendió la caperuza. La sala se iluminó como un resplandor
--Gracias mijo. Y mirando a las
hijas prosiguió. Muchachas, el torno nos está esperando. Dijo mamá.
--Voy a echar otros bombazos de aire. Así no me toca pararme tan ligero.
Hoy llegué más molido que maíz pelado, en molinos de viento. Dijo mi
taita.
Papá. Tomó el émbolo entre los dedos de la mano derecha,
para darle más presión. Al sacarlo, escapó gasolina, que le mojó la mano e inmediatamente,
prendió en fuego. Al levantar la mano para sacudirla y tratar de liberarla.
Entonces vio subir candela por el manojo de fique, que está atado a un palo,
recostado a la pared. Al lado del torno y alcanzó rápidamente el techo del
rancho. Tal vez lo tomó de sorpresa un reflejo como resplandor del infierno, al
alcanzar la candela el techo del rancho.
Se iluminó el lugar con las llamas que subían apuntando al cielo, mientras
consumían rápidamente la paja seca, la cañabrava y la madera. El material encendido,
empezó a caer al piso de la sala y al aposento. Unos cartuchos para revólver
que papá guardaba, bajo el colchón. Rodaron al piso al momento que, jalo la
colcha. El único bien inmueble que alcanzó a retirar del lugar. Estos empezaron
a sonar como si hubieran sido disparados del fierro. Fueron explotando uno tras
otro, como en una película de terror. Un vecino que venía acercándose al lugar,
se dio vuelta. Tal vez pensó que sufrimos un asalto por hombres armados;
ladrones.
En un tiempo breve, el rancho, nuestra casa. Se transformó en un
infierno, volviendo todo cenizas. Pienso que, muy parecido a la imagen del
purgatorio que mamá tenía en un cuadro. En el altar de santos de su devoción y que
por más que los invocó, no escucharon sus rezos. Se volvieron cenizas en un par
de horas, al igual que el rancho de paja de cuatro aguas. ---Salimos ilesos; gracias
a Dios, menos su papá. Dijo mamá.
El hombre de la casa, sufrió quemaduras de segundo grado en su mano
derecha.
Recuerdo que, este suceso nos sacó de la rutina. Esa noche nadie
pudo pegar los ojos. Permanecen inundados de lágrimas como humedales recién
hechos. Solos, debajo del cielo nublado como único techo. Que, de ñapa amenaza
lluvia. Quizá ya, demasiado tarde… Como reza el refranero. Después del ojo
afuera, no hay Santa Lucia que valga. Para nuestra desgracia.
Manuel
Antonio Lizarazo Rodríguez
Agrónomo
UNAD.
3208364315
Una historia familiar que enseña persistencia, resistencia y confianza. Cuenta como en esa epoca, la palabra era escritura
ResponderBorrarY que el ser humano no se arrodilla ante las dificultades
La narración de Manolito sobre un penoso incidente familiar revela parte de la dureza de la vida de nuestros campesinos pobres a pesar de su trabajo y honradez. Revive, a quienes conocimos su familia, gratos aunque dolorosos recuerdos.
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