Los Incautos
La verdad es como el sol. Lo hace ver todo y no se deja
mirar. Víctor Hugo, los Miserables.
Cuenta Marcus, que
allí en Puerto Mosquito, no hace mucho tiempo, existió la disputa del corredor
estratégico entre bandas del narcotráfico, las autoridades, los distribuidores de bazuco y en medió los
incautos consumidores de bazuco. Vivían un ambiente de tensión y el
miedo invadía todos los rincones del pequeño poblado.
Un día, hacia la
medianoche; Marcus el veterano comisario en batallas callejeras. Hombre mayor
de cincuenta años, Se levantó aún soñoliento. Se asomó a la ventana, corrió la
cortina y la entreabrió. Un aire frío le cubrió el rostro, su nariz humedecida
por la brisa percibió un mal olor, quizá a azufre: Y en silencio, se preguntó.
¿Qué diablos
sucede aquí?
Ve sombras,
movimientos que van y vienen en la calle polvorienta. Como dos fantasmas
aparecen un par de jóvenes, frente a sus ojos nublados y ya, el comisario, con
dolor de cabeza. Se refugian en el tronco del árbol, quizá testigo de la lucha
a favor de la justicia. Su ego, el yo superior termina sacudiéndose del todo.
Tantea, busca a tientas el arma de dotación.
Corre a la puerta y
salé como un tigre en cacería. Inconsciente o quizá el, fiel al cumplimiento
del deber. Justo en ese momento, el ruido del motor de un vehículo seguido de
tiros de pistola en ráfaga. La camioneta se pierde dejando una nube de polvo
como en un remolino de impunidad; de miedo y silencio en una noche horrible.
Del árbol salió corriendo un muchacho en sentido contrario del automotor. Y en
el suelo yace el otro joven. Boquea y un río de sangre corre por su rostro. En
el hombro izquierdo sintió una pequeña punzada. Una bala perdida le rozó su
piel.
Él se precipitó a
prestar los primeros auxilios al muchacho, allí tirado. Luchando para vivir.
Demasiado tarde, pensó. ---Cuando levanté su cabeza, expulsó su último suspiro
de vida y cerró los ojos, y se quedó dormido. En el silencio de una noche
oscura, sin luna ni dioses protectores de los incautos.
Dejó caer la cabeza
del joven harapiento. Se pasó la mano por el hombro, manchando de sangre sus
dedos. Y recordó que apenas van quince días de haber hecho el último
levantamiento del cadáver, a orillas del río grande de la Magdalena. Un joven
asesinado con tiros de pistola nueve milímetros y un tiro de gracia en el ojo
izquierdo. Sacudió sus hombros y aspiró aire y lo dejó escapar lentamente, por
boca y nariz. En medio de la impotencia, Al frente del poder público, allí
donde el Estado manipulador e infiltrado por la Ñeñe manía del narcotráfico
pierde la batalla y se asoma en el horizonte la imagen victoriosa de un estado
al servicio de la magia.
Manuel Antonio Lizarazo Rodríguez
Agrónomo de la UNAD.
El escritor recrea la realidad, y la realidad supera la ficción. Si bien pareciese un relato recreado por el escritor, es un cuadro diario que se expande en cada ciudad y poblado
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