Lo espero en el Infierno

 --¿Otra vez sin afeitarse?  ¿Está mugroso, bailando con un palo y hablando solo, José?

--Nunca estoy solo, menos hoy con fiesta municipal. Escucho música, el murmullo de Benito Malagano y el sonido de las balas

-- ¡No veo nada o nadie!  ¿Estas desvariando?

--Yo vi como salía la sangre del pecho de Benito Malagano.

--¿Qué dices, José?

--Estaba tirado en el piso, revolcándose entre el polvo y balbuceando improperios y palabras que no entendí. El bullicio del tumulto desapareció. y Benito Malagano quedó mudo con el último suspiro. Sus brazos dejaron de moverse; cuando estiró las patas.  Quedé paralizado del susto, solo, sentado en la canasta de la rueda, y de frente con la muerte; hasta cuando la policía llegó y el inspector hizo el levantamiento. Entonces, una mujer me tomó de la mano de repente y nos alejamos en silencio del lugar. Estaba Pensando por qué no alcancé a darle las gracias a Benito Malagano, cuando mi mamá dijo en voz baja. – “Paz en su tumba; joven Benito”.

Cincuenta y cinco años después, soy un campesino y ya de la tercera edad y vuelvo a recorrer la plaza.  Hoy es el parque principal del municipio más joven de Colombia. En el centro se conserva una ceiba gigante rodeada de bancas de piedra labrada a punta de cincel y porra por artesanos maestros locales y árboles gallineros y acacias que están adornadas naturalmente de musgo como guirnaldas de un árbol de navidad.  Camino a pasos lentos y pienso en voz alta: Este pueblo era más alegre en aquellos tiempos; “cuando las fiestas empezaban con pólvora, música de cuerda y bailes populares”. Sin embargo, también era más violento. Los sonidos de los tiros de revólver y pistolas; siempre acababan con la fiesta; y dejaban viudas y huérfanos.  Todavía me parece sentir las balas silbando cerca de mis oídos. Allí tengo ese recuerdo grabado en mis memorias y no puedo borrarlo de mi mente.

Hago una pausa para contemplar mientras subo mi pie sobre una banca y doblo mi brazo sobre la pierna y me inclino. Sigo conversando conmigo mismo en voz alta: “Que raro se siente estar en medio de tanta gente e igual sentirse solo y hablando como los locos”. ¿Cómo hablan los locos? No lo sé. Entonces no estoy loco.  Será cierto lo que me dicen los niños gritando. ¡Ahí va el loco José!  Me acosan y, me señalan con sus diminutos dedos… Levanto la cabeza y miro alrededor. Hay un par de niños sentados sobre la estatua de piedra hormiga culona gigantona. Aquellas hormigas que le gustaban a Benito Malagano, recoger del hormiguero en una mañana soleada de semana santa. Rayos de sol brillantes que se filtran entre las ramas de la ceiba en este bello parque de Villanueva.  Conocí a Benito Malagano en la sabana, aquella mañana recogiendo las hormigas culonas. Allí dijo: --Siento más alegría capturando culonas y librándome a manotazos las hormigas arrieras de las patas que saboreándolas tostadas con una pizquita de sal. Una delicia afrodisíaca. Sin embargo, ese encuentro casual, fue unos días antes de que sonar las balas.

 El corregimiento de Villanueva fue catalogado en ceremonia pública a municipio, --en Santander Colombia. Y se celebró con bombos y platillos, baile popular, juegos mecánicos y pirotécnicos. Una semana antes a Benito Malagano, uno de los caciques del pueblo le había encomendado matar al heredero al trono en el clan familiar, de los Pimientos enemigo a muerte de los Restrepo.

Ese día mayo 14 de 1967, se levantó cuando ya entraban los rayos del sol por la ventana. Nervioso y se sintió cansado. Esa noche antes, no durmió bien, sin embargo, en horas de la madrugada se quedó al fin profundo. Se despertó sobresaltado, miró el reloj de su muñeca, un regalo como parte de pago. Seis y treinta de la mañana. Tomó el revólver Smith Wesson largo, de color negro, su principal retribución. Y el que soñó portar desde que cumplió los catorce años. Sólo una semana después de prestar el servicio militar obligatorio. --y no pienso volver a tirar la burra. Dijo. Expresión popular entre campesinos, para referirse al trabajo de echar azadón en la labranza.  Salió al corredor de la casa a limpiar y lubricar el revólver, luego lo guardó en el morral de hilo gris y lo colgó detrás de la puerta de la casa. Tomó un balde azul y va por agua a la tinaja, para darse un baño ligero, cómo el del gato blanco en las cenizas del fogón de tres piedras negras, pintadas con las llamas de leña de arrayán rojo.

Horas más tarde llega caminando despacio al pueblo y se dirige a la plaza de mercado, terreno amarillo a campo abierto. Allí los mercaderes y campesinos se reunían los domingos para hacer el intercambio de productos.  Se quitó el sombrero de paja con cinta azul, se pasó la mano por la cabeza y se acomodó el morral en el hombro izquierdo, y metió su mano en él, y acarició el revólver. Miró a su alrededor y no encontró cómo deslizarse entre la multitud de gente que asistía al evento. Situación propicia para mi propósito, pensó. Recuerda que le recomendaron llegar cerca del mediodía y allí, ubicar al sujeto. Al señor Pimiento entre la muchedumbre. Giró su cabeza despacio tratando de ver su presa, sin embargo, observó cómo la rueda volante en medio de la plaza gira lento mientras los clientes van subiendo. Se imaginó desde las alturas, en la canasta divisando el panorama, y pensó en silencio. -Desde allí todo va a ser más fácil. Se acercó a la ventanilla y compró un par de boletos. Me tomó de la mano. Yo era un niño de unos ocho años más o menos y me invitó a subir a la rueda.  El niño José sin pestañear aceptó y subimos con familiaridad y con una sonrisa cómplice, entre la maldad y la inocencia de un niño campesino, sediento de diversión.

Yo un campesino que, desde entonces, sufro trastornos mentales después de presenciar el asesinato de Benito Malagano. Bajó el pie de la banca y continúo caminando alrededor de la ceiba. Y en lugar de disfrutar del silencio del lugar. Interrumpido de vez en cuando por el silbo de un mirlo solitario, llamando a su pareja; que voló mientras él dormía en el sueño mañanero, en medio de la soledad del parque. Hoy sábado 14 del mes de mayo año 2.022. Sin embargo, después de haber pasado tanto tiempo, aún retumban en mis oídos el silbido de la bala. Aquella que no, hizo blanco en el pecho de Benito Malagano. No me cansé, de pensar como diablos me salvé. Cuando apenas era un niño en edad escolar, en el recién fundado municipio de Villanueva Santander. Ese día él me invitó a volar en la rueda volante. Mientras él buscó con su mirada entre la muchedumbre, al hombre que pensó matar. Sin saber, le salió el tiro por la culata. Y entonces lo vi sangrando por el pecho cuando cayó como un vástago.

Pienso que no estoy solo ni tampoco debo estar loco. Quizá acabo de descubrir a otro yo, con el que hablo y disfruto de su compañía. Mientras me atormentan los fantasmas, que siendo niño me asustó en la rueda volante, aquel día, y hoy, aún me persiguen.  Recuerdo la alegría de volar en la rueda y aquel susto en presencia de la muerte. Mataron a Benito Malagano. Mientras hoy, pienso aquí, en el lugar de los hechos, recordando cómo hubiera sucedido ayer. Lugar que visitó en los últimos años, el 14 de mayo. Confundido entre la vida y la muerte, confundido entre los sonidos de los voladores y truenos con los disparos de balas asesinas, así salga el tiro, por la culata. Confundido entre el pasado violento y el presente, en silencio. Cómo el nido del toche en la rama seca del árbol más alto, en la hacienda Hato Macaregua. Una combinación de sonidos, en un ambiente de paz…

Recuerdo. ¡La rueda Volante!: iba girando muy lento cuando de pronto se detuvo un rato y nosotros estamos en lo más alto de la rueda. Se divisaba toda la plaza repleta de gente y los distintos juegos mecánicos en plena función. Abrigados por el sol que a candelilla al mirar al horizonte gris. El señor Benito Malagano soltó una carcajada, a sabiendas que solo yo lo escuchaba, en medio del bullicio. Y dijo con entusiasmo: “allá está el hombre que voy a matar.” Entonces la rueda sigue girando y cuando estamos a un escalón del lugar donde se sube y se bajan los clientes. El hombre gritó: “Deténgase un minuto tengo que bajar urgente”. Y se pone de pie. Justo en ese momento sonaron varios disparos seguidos y una bala pasó silbando junto de mi oreja izquierda y las otras pegaron en el pecho de Benito Malagano. El señor que me agarró del brazo me subió a la rueda volante, casi a la fuerza. Desde allí su mirada descubrió al hombre que pensaba matar. Y en cuestión de segundos se desploma como impulsado por una fuerza extraña y cayó de bruces derramando su sangre en la tierra amarilla de la plaza de mercado en medio de la multitud. La gente se dispersa de un lado a otro, atropellandose unos con otros, espantados cómo una bandada de cabras cuando escucha el ladrido de los perros salvajes. Sin saber quién disparó y mató a Benito Malagano. El hombre en pocos minutos quedó solo, tirado y agonizando de muerte, junto a la rueda volante.

--¿Qué pasó? Estoy herido, me balearon en la rueda de entrenamiento para niños.  miren no se vaya nadie, que aquí me muero. ¿cómo pudo suceder? Caramba lo vi, a Pimiento, y me olió a muerto. Y ahora el muerto soy yo.  ¿Cómo diablos se me ocurrió contarle a Rogelio?  Voy a intentar levantarme. Nada… El sicario está más muerto que vivo. Y, aun así, la veo clara. Fue Rogelio, al único que, ayer de mañana le conté mí misión. Un negocio con Restrepo. Mi amigo de la escuela. Carajo, mamá si decía: Ese Rogelio es hijo no reconocido de Pimiento. Marica que soy. ¿Cómo carajo se me ocurrió contarle? Pimiento no lo reconoció, pero Rogelio sí sabía quién era el taita biológico. Y salvó a su hermano mayor paterno. Por ahora…  Me eché la soga al cuello, quise cambiar mi vida y me encontré con la velocidad de las balas asesinas. Te la puse muy fácil Rogelio. Con este sabor agridulce en mi boca llena de polvo, y mi garganta seca. El mismo polvo amarillo, que llevo pegado en las patas. Me revuelco muriéndome, antes de lo previsto. No de miedo, ni de sed. Sólo y enojado conmigo, y tirado en el suelo, sin cumplir la misión, encomendada por Restrepo. ¿porque me mató amigo de mierda? Lo espero en el infierno bastardo, otro se ocupará de su hermano.

 

Manuel Antonio Lizarazo Rodríguez

Agrónomo de la UNAD.

 manuelsglizarazo@gmail.com 

Feel proud of yourself. ¡Siéntete orgulloso de ti mismo! 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

  1. Misterio. Sangre. Coincidencias? Suerte? Condena? Me atrapó la narración. Nos vemos en su próxima entrega, narrador patiamarillo

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