Crónica ¿el cacique?
“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Eduardo Galano.
Crónica ¿el cacique?
Mi Primogénita, aprovecho hoy contarle sobre la descendencia de Simón, el abuelo paterno; para que haga el árbol genealógico de la familia.
Haciendo
un recorrido, esculcando en la alcancía de los recuerdos que van haciendo
presencia, en un momento de regreso al pasado.
Y entonces me encuentro con el recuerdo del abuelo paterno. Simón Macías
Macías. A quien no tuve la dicha de conocer. El hombre murió joven, unos días
después de cumplir los cincuenta años, a mediados del siglo XIX, en piedras
negras jurisdicción de Jordán Sube Santander Colombia. Quizá entonces todavía
yo estaba en el nido de la cigüeña. Luego cuando pregunté a mamá por él, se
llevó el dedo índice y lo colocó sobre sus labios y se agachó, me colocó la
otra mano en el hombro y casi al oído, como si se tratara de un secreto de
ultratumba, pronunció una frase muy pasito, en el mejor cuchicheo posible. Como
asegurándose que nadie más escuche.
--Miguelito, no sé por qué me preguntas aquí otra vez, si usted lo sabe
mejor que yo. Lo sabe desde el día que llegaste de la escuela, con esa
curiosidad de saber del nono. Se lo repito, usted no tiene abuelo paterno, a mi
suegra nó le conocí marido, su papá es un hijo bastardo. Dicen que es hijo del
bobito Simón, él ya murió. Con una sonrisa maliciosa, me palmeó el hombro y un
poco más relajada dijo. También lo llaman, el hijo de un vecino. El bobito Simón tenía varias vecinas.
Recuerdo, que varios años más tarde y estudiando en la universidad,
coincido con Alexander, en una práctica de la materia de climatología, y
compartimos un tinto. Mientras esperábamos el tutor, charlamos un rato, del
pasado y nuestra descendencia. Alexander de Barichara, nieto de Tomas Salazar,
el hijo de Simón Macías. Miguelito de Villanueva Hijo de Luis Lizarazo también hijo de Simón. Y entonces, recordé al que llamaban bobo en mi vereda,
Gabriel Macías, hijo de Rito Macías. El bobo Gabriel cuando llegaba a la casa y
saludaba. Buen día… Las muchachas se reían porque le sonaba gracioso el tono de
su voz. Entonces el bobito decía con mucha gracia: “Ala no se burlen de mí,
hasta de la familia somos” … Lo que incrementa la risa espontánea de los
presentes. Al final cada loco con su tema, reza un dicho popular. Estaba
compartiendo un tinto con Alexander, e ignoraba el parentesco hasta ese
momento, con él hijo de una sobrina de mi padre.
--¿Alexander, nieto de Tomás Salazar el hijo de Simón Macías?
--Sí, Tomás Salazar y el tío Daniel son hijos de Emilia Salazar, la
primera novia de Simón Macías Macías. Cuenta mi abuelo Tomás: que Simón hizo un
rancho arriba de la peña, frente al sitio conocido como el boquerón, convivió
dos años y medio con Emilia. La dejó con un hijo de brazos (el niño Tomas y el
otro en la barriga. A quien llamarón Daniel, mi tío). Luego Simón construyo otro rancho frente de la peña en
toda la entrada del boquerón, en el bajo, sitio conocido como piedras negras. Y allí
convivió con su segunda novia. Mónica Lizarazo Delgado. Un
par de años y también la dejó con un hijo al que llamaron Luis Lizarazo. Para casarse
con la tercera novia. La señorita Elvira Bautista Sánchez. A ella se la llevo a
vivir en una casa que hizo en la loma de piedras negras. Un año después de
casado con Elvira, le dio piquiña de volver a frecuentar a Mónica. De dichas
visitas clandestinas resultado. Tuvieron una hija, a la que llamaron Lastenia.
Sin embargo, a ningún hijo le dio el apellido.
Primogénita hija, y entonces recordé con agrado un dicho popular que solía
decir mamá. “el mundo es un pañuelo hijo”. Y un día volví a preguntar: ¿maná
cuantos hijos y cuántas mujeres tuvo el abuelo Simón?
--Vuelve la burra al trigo Miguelito. Ya te dije que el bobito Simón convivio con varias Mujeres. El hombre debe estar retorciéndose en la tumba, estamos obstaculizando
su descanso eterno. Y se va a, aparecer una noche de estas con voces de ultratumba,
desde el más allá. ¿Qué miedo? No me atrevo a conversar con el difunto
Simón, menos de noche. Pero por la hebra se llega al ovillo. Con la Señora
Elvira con la que finalmente se casó. Primero tuvo a Crispín Macías, luego
Diocelina Macías y finalmente completó seis hijos, que se conozcan…
Entonces
hija, como reza el refranero.” La curiosidad mató al gato”. El año pasado, por
semana santa, visité por última vez a mamá. Iba con la ilusión de volver a
tocar el tema y ampliar un poco más sobre las aventuras amorosas de mi abuelo
Simón. Pero mamá ya había perdido mucha lucidez mental, sin embargo, todavía me
reconoció. Me habló desde su silla de ruedas en la que pasó los últimos diez
años de su vida, esperando la muerte. La sombra de la vida en la tierra de los
patiamarillos. Unas semanas después, murió mamá, el 2 de mayo 2021, en
Villanueva Santander.
--Levántese, Miguelito, quiero echar una caminadita, ayúdeme. Me lo
dijo mirándome con amor maternal, como diciéndome que me quiere de aquí al
infinito…
Metí mis manos debajo de sus brazos y la abracé, coloqué mi pie derecho
adelante, me incliné y la levanté. Vamos mamá caminemos. Se quedó mirándome con
una sonrisa infantil, con sencillez de niña mimada. Nunca pudo levantar los
pies para dar un paso, le temblaban las piernas. Entonces, la abracé con más
fuerza, despegué mi brazo izquierdo y le tomé su mano. Mamá vamos a bailar,
recuerda cuando bailaba el torbellino veleño con mi papá y el compadre Salomón.
Sin dejar de sonreír me dijo.
--Sin chanzas Miguelito, me muero por dar un paso y usted mamando gallo.
Y cambio de tema y siguió hablando. --Miguelito recordé cuando se llevaron a su
papá, unos hombres y no volvió más, las muchachas me dicen que se murió, Vos
que decís… miró de reojo el horizonte por encima de mi hombro. Pensé, está
despidiéndose, quizá, sospecha que el final está cerca.
Hace tres meses había cumplido 100 años. La senté en la silla y
partí en la bici para Hato Viejo.
Entonces mi niña, plan B, y en menos de una hora llegué a la casa de
Leónidas Fuentes Macías, hijo de Francisca Macías, hermana de Simón Macías.
Otro pariente que ignore por ignorancia valga la redundancia, durante muchos
años. En el corazón de Hato viejo, en tierras de Don Jorge Delgado, hoy de
Gerardo Delgado heredero. La tierra que vio nacer al bobito Simón. Allí estaba
el hombre Leónidas, desyerbando unas matas de tabaco negro. Nos saludamos con
un abrazo efusivo. Y como decía mi taita, para no perder el hilo. Le dije:
vamos a hablar de mi abuelo Simón. Vine a desandar los pasos que el
abuelo dio desde Hato Viejo al Boquerón. Como cría de cabra en edad de
procrear, enamorado. Aquí en busca del origen biológico, como quién busca una
aguja en el pajar.
Soltó una carcajada que retumbó en mis oídos y chocó con las peñas de la
cordillera oriental, frente del río Chicamocha y el eco volvió tan veloz como
la luz.
-- ¡A!, Miguelito, del tío Simón. Era muy niño cuando él murió, no lo
conocí, pero vamos donde don Samuel, aquí arribita. El viejo tiene buena
memoria aún, él es bueno para contar historias y él si lo conoció, nosotros no
tenemos sino un recuerdo de él. Ala…
Subimos como cabras de piedra en piedra y al fin en lo más alto de la
vereda Hato Viejo, está la casa de don Samuel. Una perra sarnosa flaca, era tan
gruesa cómo un palillo y más pelada que cerdo en canal. Salió tambaleándose de
la cocina y apenas tuvo alientos para mostrar los dientes, Quizá los únicos que
le quedan en buen estado, era solo la señal del gruñido. Sin embargo,
suficiente para que el hombre saliera a recibirnos. Entonces recordé el refrán
popular, “esta vida es tan dura, que cuando veo una perra, le digo adiós, ahí
va mi vida”. Y Pensé en silencio un fiel retrato de la hambruna que viven millones
de personas en Colombia y el mundo. Consecuencia de las guerras y la epidemia
viral, sospechosa de haber salido de los laboratorios, de las grandes naciones.
Potencias en desarrollo de tecnología y ciencia. ¿Qué ironía?
Allí, nos sentamos en un taburete en el corredor y en menos de lo que canta
un gallo, entró don Samuel, a la cocina y regresó con dos tazas de café
humeante. Se acomodo en un tronco de madera, se quitó el sombrero de jipa, se
arremango la camisa caqui, estiró las piernas y luego miro el horizonte, sumido
en sus pensamientos; cómo buscando sus recuerdos en el amplio cielo gris.
Finalmente nos regaló una sonrisa y habló en voz baja.
--Muchachos gracias por su visita, pero sobre todo gracias por abrir la
ventana del cuarto de San Alejo, donde guardo mis recuerdos. A esta edad la
soledad, las dolencias y la perra, únicas compañeras en esta casa. Aunque
gracias a Dios porque a mis noventa y cinco años todavía me bandeo por sí solo.
¿Simón Macías? Lo recuerdo con cariño, fue como un padre para mí.
Un hombre descomplicado, tierno y más enamorado que un gallo fino, en gallinero
ajeno. Jugador y parrandero. En cada baile se conquistaba un amor.
Se colocó el sombrero, se levantó y dijo. Voy a servir mi café. Regresó
con su taza, se tomó un sorbo y se sentó de nuevo y mirando de frente y sin
vacilar dijo.
--Muchachos, Don Simón Macías Macías tuvo más mujeres que hijos, aunque cría
fama y échate a la cama. Solamente le conocí tres, el resto son solo
habladurías de la gente. Crecí a la par con sus hijos, especialmente con los
hijos de Emilia, fui a la escuela con ellos y luego trabajamos en la labranza
mucho tiempo. Hasta cuando Tomas Salazar, vendió la finca y se fue a vivir a
Barichara. Hijos que yo conocí de Don Simón. Seis. Cada mujer le tuvo de a dos.
Cuatro hombres y dos mujeres. Los nietos le llegaron por docenas, Don Tomás
aportó catorce, Daniel diez, Don Luis dicen que dieciocho, aunque a ellos si no los
conozco todos, creo que algunos se murieron al poco tiempo de haber nacido.
Diocelina, y Crispín solo le dieron de a dos cada uno y Lastenia no tuvo hijos
y murió soltera. Si no sumo mal, la tribu llegó a cuarenta y seis muchachitos.
Pero de repente murió el cacique, sin conocer toda su descendencia.
Aunque todos, no llevaban su apellido, pero sí la genética. Huella imborrable de
un hombre bonachón.
-- ¿El cacique?
--Sí, Don Simón era el mayor de los Macías Macías descendiente de los
indios Guane. Un hombre robusto de pelo largo siempre llevaba un sombrero de
hilton crema grande, fino cinta, su camisa blanca, pantalón de lino azul y sus
alpargatas amarradas con cabuya de fique, generalmente caminaba con un zurriago
de guayacán en la mano derecha, y una mochila colgada del hombro izquierdo.
Dedicado a la agricultura, especialmente sembraba maíz, que le llevaba a sus
mujeres. Con él preparaban la mazamorra, las arepas y los bollos.
Principal fuente de alimentación, en estas tierras áridas de Santander. Solo le
falto usar nariguera.
Nos miró de arriba abajo y continúo hablando.
--Entre ellos estaba permitida la poligamia, podían tener el número de
mujeres, que fueran capaces de mantener. Un atributo del cacique.
Sonrió y se dedicó a terminar de tomar la taza de café con alegría, como
saboreando el agridulce de una verdad compartida con los parientes del bobito
Simón. Mientras un viento en forma de remolino nos infla la camisa al
levantarnos para abandonar la casa.
--Loma, es loma y a esta hora no deja de soplar el viento. Y de
paso se lleva los secretos que guardaba del bobito Simón; así le decían las
nueras…
Dijo Don Samuel, con la taza en la mano, y moviendo su mano para
despedirnos.
--Adiós muchachos, vuelvan no me vayan a olvidar.
Para volver con empeño a los ancestros.
Para
afinar con calma el tiple y su requinto.
Recordar
sus seis hijos que lo inundaron de nietos.
Y desandar el camino real, ruta dónde murió de repente
el cacique.
Puerto Wilches S. abril 27 2022
Manuel
Antonio Lizarazo Rodríguez
Agrónomo
de la UNAD.
Feel
proud of yourself. ¡Siéntete orgulloso de ti mismo!
Padre, gracias por escribir. Te admiro, te quiero. Estoy muy orgallosa de usted.
ResponderBorrar