Primogénita, Psicóloga y Muñeca.

 

“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.”   William Shakespeare.

 

El lunes, tres de mayo, alrededor de las 8 am, timbró el celular. Era la señora Ana Lucia, mi hermana menor. “Hola, buenos días. Manolo, mi mamá amaneció muy enferma, sin fuerzas, y sin apetito. Socorro [la hermana mayor] dijo que le contara para que nos aconseje. ¿Debemos llamar al médico?” Yo respondí, “dele un acetaminofén y sí no mejora en una hora, llamé al médico y me cuentan.” “Sí señor, gracias”, replicó ella. Lejos estuve de sospechar la gravedad de mamá. Siempre fue una mujer muy enferma. Con dolores por aquí, con dolores por allá. Pasar al médico y contarle sus achaques era una costumbre. “Además, una visita al brujo no sobra”, solía decirme cuando me pedía que la acompañara a la casa de la señora Concesión.

 

Aquella era una mujer  descendiente de los indígenas Butaregua pertenecientes a la familia de los Chibchas. Ella vivía en un rancho de bareque, caña brava y paja de loma. Su casa estaba en lo más alto de la vereda El Caucho de Barichara. Era conocida como yerbatera y comadrona. Vestía falda negra, blusa blanca, sombrero de jipa y sus pies siempre estaban descalzos. Mamá la visitaba y usaba sus menjurjes por sí cualquier cosa. Siempre que salía de aquel lugar, tenía una sonrisa inexplicable. Pero eso sí, mamá también adornaba nuestra casa con cuadros viejos de imágenes de santos católicos, según ella, “ungidos por el Santo Papa” y que intercedían por cualquier milagro.

 

Esa misma sonrisa la volví a ver el pasado sábado santo (abril 2) en mi última visita; un mes antes de su muerte. Aquella imagen es la que me va a acompañar el resto de mis días. Ese día me pidió mamá que la llevara al patio para recibir un poco de sol. Le puse mis manos debajo de sus brazos, me abracé a ella y la levanté. “Ya está de pie mamá, levante los pies y camine,” le dije. Ella tenía muchos años movilizándose en silla de ruedas. Se quedó mirándome con sus ojos inquisidores. Yo me moví simulando bailar. “Sin chanzas, Manuel”, dijo mientras yo le respondí, “como bailaba el tres, ¿recuerda mamá?”  Nos reímos, y la regresé a la silla. No era la primera vez que la levantaba. Sin embargo, tarde vine a saber que era la última. Me despedí y nos fuimos con Mabel, Yuliana, dos de mis hijas, y los tres nietos, sus hijos, a la casa de mi suegra. Cuando llegamos, la profe, mi esposa, me preguntó, “¿cómo está su mamá?”, “bien, hace muchos años no la veía tan alegre. Me muero yo primero”, suspiré.

 

Tan ingenuo. Se me olvidó que no podemos elegir la muerte. Mamá se despidió de mí y no me di cuenta. Tenía todo listo para partir hacia el último viaje. Aquel que no tiene regreso.

 

Una hora después volvió a llamar Ana Lucia:

-                      ! Alo!

-                      Mi mamá murió, dijo la voz entre sollozos.

-                      ¿Quién dijo?, exclamé.

-                      El doctor

-                      ¿Está ahí?

-                      Sí señor

-                      Pásamelo

-                      Médico, Manolo en Puerto Wilches.

-                      Sí dígame. Respondió bastante nervioso.

-                      Médico, ¿cuál es el diagnóstico? 

-                      Infarto

-                      Lo certifica

-                      Sí señor, mi sentido pésame

-                      Gracias, médico.

 

El cuatro de mayo, después de un largo viaje, desayunamos en el restaurante el Danubio y nos fuimos a la funeraria. En la puerta estaba Ramiro, mi sobrino e hijo de Socorro. Caminamos cabizbajos y lo saludé de mano, sin pronunciar palabras, pero también sin poder evitarlo. En aquel lugar tenían velas que parecían iluminar el féretro. Allí estaba el cuerpo sin vida de mamá. La muerte y la vida en el mismo lugar. Los recuerdos asechando los pensamientos y los sentimientos apoderándose de la piel.

 

Socorro, Francisco, mi único hermano, y Yuvilma, su hija, estaban allí contemplando su cuerpo. No pensaba, solo le extendí la mano a Socorro y me la estrechó con fuerza; como cuando quieres salir de un hueco al que caíste por accidente. Su rostro estaba humedecido por lágrimas. Hice lo mismo con Francisco quien lloraba sin control. El llanto es más contagioso, que el Covid-19. Las lágrimas rodaron por mi rostro en silencio, despacio… una siguiendo a la otra.

 

No todos podíamos estar al tiempo en la funeraria, entonces preferí salir y me encontré con Adelaida, otra de mis hermanas, quien corrió a abrazarme. No pude evitarlo y me refugié en sus brazos como un niño que necesita a su madre. Escena que se repitió con Ana Lucia y Cecilia. La muerte es normal en los seres vivos. Sin embargo, duele cuando muere un familiar y más fuerte cuando es una mamá quien ha cumplido su misión en la tierra.

 

El sepelio fue programado para las dos de la tarde, entonces nos fuimos con Juanma, mi hijo. La vida continúa y debíamos ir almorzar. Necesitamos fuerza para acompañar a mamá al cementerio. El sol brilla desde lo más alto del cielo, y su presencia se siente. En la calle no hay árboles. Los rayos solares descargan su fogaje como cuando pasas cerca de una hoguera y las llamas suben de forma ininterrumpida mientras devoran el material que les sirve de combustible.

 

Estaba agotado. Un dolor dorsal se estaba apoderando de mí. Cuando empezó el movimiento detrás del carro fúnebre, Juanma y sus primos sacaron coronas, flores y el féretro. El dolor fue haciéndose cada vez más intenso. Estuve a punto de claudicar y decirle a mi hijo. Sin embargo, sentía que no era justo que mi dolor extendiera aquella despedida que nadie quería prolongar. El dolor crecía mientras caminaba lento y pausado. Era un dolor que me estaba desesperando. Justo llegamos al cementerio y mientras entraron a mamá, vi una piedra grande y me senté allí. Con el paso de los minutos, el dolor fue disminuyendo.

 

Me llené de fuerzas y decidí entrar al cementerio para buscar la tumba de papá antes de dejar a mamá. Aquel lugar, estaba intacto, aunque marchitado por el ambiente. Era una tumba rodeada de ocho floreros pequeños construidos en piedra. Cada uno con el nombre de un hijo y el de mamá. Quería seguir buscando la tumba de mis abuelos, pero en su lugar había otras más recientes. Decidí sentarme cerca de la tumba de papá para sentirme acompañado mientras el sacerdote hablaba de las virtudes de Ana del Carmen. “Razones de peso para que San Pedro le hubiese abierto las puertas del cielo”, decía él.

 

Desde ese asiento improvisado recordé cómo la violencia en Colombia ha cambiado el curso normal de la vida, porque aquí es normal que los padres entierren a sus hijos. Alcé los ojos al cielo y desde el infinito visité mis memorias. Vislumbre a los hermanos Gómez enterrando a Ciro Gómez; los hermanos Bueno a Salomón Bueno; los hermanos Vesga a Felipe Vesga; los hermanos Reyes a Jesús Reyes. Respiré profundo y dije en voz alta, “Gracias Padre Mojica y Oscar Martínez Salazar”. Ellos tomaron decisiones apropiadas que trajeron la paz a Villanueva. Y gracias al padre Ramón González Parra y Samuel Gonzáles Parra, cambié el azadón, el cuchillo y la ignorancia por un curso de liderazgo social y educación formal en el Páramo, Zapatoca y Pamplona.

 

Mi corazón tiene sentimientos encontrados. Siento que fue ayer que enterré a papá, 23 años atrás, y hace pocos días también tuve que dejar a mamá en el mismo lugar que ocupan todos los muertos. Un dolor muy fuerte, pero también un privilegio en Colombia. Nosotros, los hermanos Lizarazo, enterramos a nuestros padres. Un honor en medio de la violencia de nuestro país. Aunque la sombra del Covid-19 nos acompañó también, Carmen, otra de mis hermanas, quien no pudo despedir a mamá porque estaba aislada por haber dado positivo al virus.

 

Mamá se fue en medio de una pandemia y un paro nacional sin precedentes. En medio de una soledad profunda y un miedo impregnado en la piel que nos limitó el compartir y disipar el dolor en un abrazo. Yo tuve que cruzar Santander para verla. Manifestaciones pacíficas, pero también disturbios de los violentos infiltrados en cada lugar que cruzamos. Todos teníamos y tenemos miedo. Miedo al virus, miedo a la violencia y  sobre todo miedo a la indiferencia.

 

En nuestra cultura, las procesiones largas de un entierro significan una despedida soñada. A mamá solo la acompañaron dos amigas y una vecina. La procesión en los entierros es una práctica que el fantasma del virus prácticamente eliminó. Una tradición a punto de desaparecer…

 

Se acerca mi hijo y caminamos hacia ese enorme hueco que está listo para recibirla. Con unos lazos el sepulturero y unos nietos bajan el féretro. “Adiós mamá, gracias por mi vida. Te llevas una parte de esta contigo”. Sentí que esa imagen me fracturaba el alma. “Hasta siempre mamá. Ya te puedes encontrar con don Luis. Quienes se llevaron a papá, al fin regresaron por usted. Salúdelo, mamá, dígale que lo extraño”.

 

 Sobre mis mejillas corrían lágrimas que estaban cargadas de sentimientos encontrados, dolor inevitable por mí y alegría por ella.” Después de trece años en silla de ruedas y veintitrés de viuda, mamá encuentra el descanso eterno. Lo pidió el sacerdote en oración y los familiares en coro, respondieron, “Brilla para ella la luz perpetua.

Hijas, sus llamadas son como la lluvia que cae en los campos y riega las plantas en la noche oscura. Al otro día sale el sol y completa el milagro. Las quiero con el corazón que continúa latiendo de amor por ustedes…

 

Manuel Antonio Lizarazo R.

Agrónomo UNAD 

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