!Retazos y Recuerdos!
Abril 7, 2020
Puerto
Wilches, Santander. Colombia
¡Retazos y Recuerdos!
Una
carta a mis hijos en tiempos de cuarentena
Mis recuerdos me llevan a septiembre 11 de 1973 en la vereda Alto de Marta, Villanueva, Santander. Colombia.
Este es una de las memorias que conservo intactas, como sí hubiera ocurrido ayer. Un día de trabajo en la finca Santa Ana, propiedad de mi padre Luis Lizarazo. “Echando mocho” como le decíamos al trabajo del azadón. Excavando con la punta de un palo para deshierbar las matas de tabaco. Posiblemente el único cultivo que resistía a la sequía, porque los terrenos eran arenosos y áridos. Razón de más por la cual todos los habitantes nos dedicábamos al cultivo de la hoja de Tabaco Negro. Esta era la mayor fuente de ingreso para nuestra familia. El maíz y la yuca solo eran cultivos de pan coger.
Mi sitio de
trabajo se llamaba el cactus: en honor a una tuna. Fruto del cactus rojo cilíndricos jugoso, comestible y dulce de una variedad que florece en los suelos
semidesérticos, que fue mejorada y se cultiva en Santander con el nombre común
de nopal, higuera o tuna. Los científicos la bautizaron originalmente Opuntia Ficus.
Yo frecuentaba aquel lote cuando había cosecha porque me gustaba coger tunas
para comer, eran ricas, pero siempre terminaba “más puyado que perro cazando un
cuerpo espín”. Este pequeño mamífero cubierto de púas era silvestre en nuestro
campo, ahora está vía de extinción. Es posible que solo existan imágenes en
archivos digitales.
Tabaco Negro para
nosotros, Nicotiana Tabacum para los botánicos, era una siembra que inicia con
la recolección de la boñiga seca, excremento de vacunos; después, se preparaba
del terreno con pico y pala, se construían hileras de 1x10x0.30 metros. El terreno
debía quedar bien rastrillado, esto debía simular polvo. Sobre él se colocaba
la boñiga para que entrara en contacto con la tierra, y se prendía fuego. Al siguiente día, cuando las cenizas amanecían
frías, se regaba la semilla con agua utilizando una regadera manual. Esto se
tapaba con paja o ramas de helecho mientras la semilla germinaba. Al cuarto día
ya se veían platas pequeñas, se extraía parte de la sombra, y quince días después,
la sombra se retiraba totalmente. Una vez las plantas alcanzan una altura de 15
a 20 centímetros, estaban listas para ser trasplantadas. La siembra se realizaba
en surcos o líneas con una distancia de 0.70 metros entre planta y 1.0 metro
entre líneas. Este cultivo requería de tres o cuatro deshierbes para que creciera
sano y vigoroso; consecuentemente, la cosecha era abundante.
Para no darle más vueltas
al asunto y regresando a mi inicial relato, ese día, septiembre 11, estaba con mi
papá deshierbando y aporcando el cultivo de tabaco. Él por la primera línea y
yo por la segunda. En silencio. No tanto en mi cintura a la espalda, colgaba un antiguo receptor, simplemente lo llamábamos radio. Por
dentro del pantalón sujetado con una correa, un cuchillo de ocho pulgadas,
guardado en su funda y en la cacha colgaba
el radio de marca Japonesa Sanyo que funcionaba con tres pilas. Encendido
a bajo volumen escuchando música popular gracias a la emisora radio Guanentá de
San Gil. la Perla del Fonce, provincia Guanentina, Santander,
Colombia. A bajo volumen. A mi Papá no le agradaba la bulla. ¡Extra! ¡Extra!
Noticia de última hora. Anuncia el locutor en la radio. Tropas del Ejército
Nacional de Chile le dan golpe militar al presidente electo Salvador Allende
quien fue elegido por voto popular. Un golpe asesorado y patrocinado por el
imperio Yanqui. Ellos quitaban y ponían gobiernos en el Centro y Sur de América.
Esto funcionaba según sus propios intereses económicos. ¿Sera qué algo ha
cambiado? . Quizá no. El 10 de noviembre 2019, derrocaron en Bolivia a Evo
Morales; este año van por el oro negro de Venezuela. Recompensa por Nicolás Maduro ofrece EE UU.
La música continuó
mientras mi Papá terminaba de deshierbar el surco. Él se levantó, sacó el
cuchillo, se agachó de nuevo, y empezó a limpiar el azadón para quitarle la tierra. Se levantó de nuevo, guardó el cuchillo, y paro el azadón en el suelo.
Subió una pierna y la puso en la punta del cabo. Se quedó observándome, en
silencio, mientras encendió un tabaco anillado, aspiró una bocanada de humo y
lo dejó salir lentamente. Yo seguía deshierbando y aporcando las plantas.
Cuando me faltaba unas pocas, mi papá dijo, “Tan bonito que es mirar trabajar
hijo, lástima que nadie paga para eso”. Él
me sonrió y yo respondí, “¡Ojalá! Papá. Debe ser entretenido.” Así aprendí el
valor de trabajo y lo que costaba.
Algunos años después, el 22
de enero de 1.984 exactamente empecé a trabajar en Palmas Monterrey como Supervisor
de Campo un poco más de 28 años después, el 12 de noviembre del 2.012 me
despidieron. Unilateralmente, Monterrey decidió que no necesitaba un día más de
mis servicios, pero encomendaron a una “trabajadora social” de convencerme que
legalmente era mejor un común acuerdo. “Tan viejo, ya y se dejó engañar...”
dijeron los amigos. Y sí. Eso me ocurrió.
Tras algunos meses,
después de superar la crisis psicológica, comprendí que trabajé alrededor de 28
años como un esclavo moderno sirviendo a
una empresa. Una pieza dentro del capitalismo que sí bien fue una oportunidad
para generar ingresos también me anuló como persona. Promociones Agropecuarias Monterrey es un capítulo triste en mi diario
de trabajo, sin embargo, una vez afuera, esta experiencia me permitió descubrir
la libertad y construir mis propios argumentos para contradecir aquella
conversación con mi Papá. Necesité 28 años para demostrarme que yo era un
trabajador. “Muy tarde papá”, “pienso luego existo”. René Descarte.
También recuerdo
nuestro último encuentro en el hospital en Bucaramanga. Con mucho esfuerzo y
derramando unas lágrimas, quizás las únicas que lo vi derramar en su vida, me
dijo, “Me trajeron aquí para que me mataran”. Nunca más volvimos a hablar. Al
otro día me dieron la noticia; él murió esa noche. “Papá, desde hace 22 años
reposas en el lugar que ocupan todos los muertos”. Este retazo de memorias
me hace recordar las palabras del escritor colombiano, Fernando Vallejo, “En los
hospitales matan más gente, que en el campo de batalla en medio de la guerra”.
“Papá, las
empresas si contratan personas para mirar trabajar. Me pagaron durante más de
28 años, un pago muy puntual cada mes por ver a los otros trabajar. Ese era mi
cargo. Supervisor de Campo. Solo por mirar trabajar, Papá”. Con eso pude criar
cuatro hijos, los vi crecer, pude ayudar con formación académica y guiar su
educación. Llevamos una vida de clase media baja. Nunca tuvimos lujos, pero no
faltó lo necesario. Fueron condiciones socioeconómicas aceptables para vivir en
el trópico medio colombiano, a orillas del rio grande de la Magdalena, y lejos
de aquellas tierras áridas que me vieron crecer e ir los primeros años a la
escuela rural.
“Papá, mirar
trabajar al compañero aporcar la última planta mientras se fuma un tabaco era
muy sencillo. Mi trabajo de revisar cuadrillas enteras de trabajadores, hacer su
labor de forma correcta y productiva, era un poco más complejo. Ahí en ese lugar
se perdía la magia de aquel tabaco que no existía. Allí no había tiempo para
sentir la alegría de ver trabajar a los otros. Entonces surge el conflicto, la controversia,
discusiones y estrés. Pienso que afortunadamente manejé con altura y siempre salí
más o menos bien librado. Mirando trabajar. Papá.” “Cómo pasa el tiempo”.
Recuerdo que él solía decir cuando conversaba con mi mamá y contaban la llegada
de sus nietos. Tuvieron 44 nietos. ¡Mucha prole!
Los cuatro de
aquella población fueron producto de la unión matrimonial con La Profe. Hoy
pienso y me repito lo mismo, “¡Cómo pasa el tiempo!”. “¡Cómo pasa el tiempo
Profe! Yo con 63 y ella con 61, en unos días, y ya tenemos seis nietos.
Ellos son seis alegrías.
Seis prolongaciones de mi existencia. Seis motivos para reír. Seis pequeños
retoños que cuando me ven, se alegran y corren a abrazarme. Unos más efusivos que
otros, pero esto lo determina que tan lejos o cerca han crecido de mí.
Valeria, la mayor
de mis nietas, y la primera hija de Juan Manuel dice, “Abuelito, me lleva a la
finca a ver las vacas.” Cuando las ve replica, “¿Abuelito me monta?”. A Vitoya
le pregunto, “¿quién quiere al nono?” Ella contesta, “El nonoo...” Me dice
cuando la subo a la moto, “A la finca no. Nono. Al parque, sí”. Mientras Juan David está perdiendo el
miedo, me mira y ríe entre tímido y alegre.
Luciana, la muñeca
de mi muñeca, Yuly. Ella es una campeona hermosa. Me da unos abrazos muy
especiales. Sus abrazos son únicos.
El Tocayo, Manuel
Antonio, el hijo mayor de la Psicóloga. Él cuando me ve llegar grita, “¡El
Nono!” Sonríe, levanta las manos y corre al encuentro.
¡Don Luis! “No le
diga así”, me reprocha la Profe. Yo pienso, después de noventa y cinco años de
haber nacido Luis, mi papá, mi segunda hija parió su segundo bebé. Tiene las
semanas de la cuarentena. El pasado 16 de marzo, nació varón y ella honró la
memoria de mi papá. Entonces, “¿cómo no decirle Don Luis?” Así se dirigían quienes
saludaban a mi papá. “Caramba, no he tenido la oportunidad de cargarlo, Don Luis.
La cuarentena nos tiene encerrados desde tu llegada, pero gracias a la tecnología
al menos te he visto. Estoy esperando que el #quedateencasa ya no sea tendencia
para visitarte”.
Quién lo vive es
quién lo goza. Hijos los quiero y mucho.
Manuel Antonio Lizarazo
R.
APRECIADO MANUEL, HIJO DE VILLANUEVA, ADOPTIVO DE PUERTO WILCHES.
ResponderBorrarEmpezar a escribir, es iniciar un camino para encontrarse a uno mismo es sus propias palabras. Es iniciar una catarsis, y a la vez, asumir que, si no se escribe, se olvida; sino escribimos sobre uno, su niñez, su juventud, su adultez y vejez, pronto seremos parte del olvido.
Y por que acabo de leer, dio el paso en abril pasado. El paso de probarse a si mismo por medio de una misiva para la familia que hoy decide compartir con los lectores, como una prueba de los logros y yerros que se comenten en el trasegar mundano.
Valoro, lo escrito, no con la intención de dejar una pieza en prosa para la literatura, pero si, un relato de pasajes de la vida. Aprecio lo haya compartido en mi página, creada precisamente para que mis alumnos de años pretéritos escriban y compartan sus sentires. Si bien, no fui tu profesor de español, lo escrito revela que la palabra es una magia y que solo hace falta escribir con el carrazón que muy seguramente habrá almas que lo le eran como novedad y pieza para un aprendizaje.
Citas a tu padre compartiendo con él la faena del campo haciendo semillero, preparando la tierra, sembrando almácigos y rociando las plantas. Lo recuerdas como su primer maestro que le enseñó con el ejemplo, lo retó con las palabras, pero por su amor a la tierra, resultaste contaminado por el olor a boñiga, aroma del tabaco y gusto por vivir en el campo.
Cuentas que te preparaste para mandar, supuestamente para evitar el trabajo físico, omitiendo que el mandar es un trabajo tan agotador como quien ejecuta la mano de obra.
Revelas detalles de tus ancestros, lo prolijo que fueron tus padres y el batallón de sobrinos que tienes, escribiendo, esta vez, para dejar un legado a tus nietos.
Tu carta sin destino y destinario definido hoy es para quien la desee leer. En ella encontré el lamento de un trabajador, como tantos que lo fuimos en Colombia, que dimos lo mejor de cada uno a favor de la empresa, y luego, ésta, cuando uno ya lo dio todo en fuerzas, lo transan con mentiras y lo botan cual trapo viejo. Fue su caso. Fue el mío. Y serán mas y más. El capitalismo del hoy escondió la misión social, y lo que importa es el lucro a costa del bienestar del trabajador.
Quien no logre ahorrar e invertir en activos fijos y productivos tendrán una vejez con escases. Y es aquí cuando retomo a tu viejo. Fue patrón de si mismo, pero fue igual de explotado por las tabacaleras, hoy ya idas de Santander, dejando una huella en toda la región: tierras secas, áridas, sin vegetación y sin vivientes.
El modelo de desarrollo presiona a la gente a irse a la ciudad, tras un trabajo con menos esfuerzo físico, pero carente de afecto, de alegría, incluso de felicidad. Recuerda a tus padres con una tracalada de hijos, pero eran mas felices, incluso que nosotros.
Finalmente, ingeniero Manuel. Anímese¡ Siga escribiendo.